Artículo - La Persona y las Obras

La Persona y la obras

El Pensamiento Judío

Extracto del libro “El concepto del hombre(1)

La ambigüedad de la virtud humana ha sido una cuestión central en la vida de muchos pensadores judíos.

"Dios pide el corazón." (2). Sin embargo, nuestro mayor fracaso está en el corazón. "Engañoso es el corazón más que todas las cosas y perverso ¿quién lo conocería?" (Jeremías XVII, 9). La preocupación por nuestra propia persona llena todo nuestro pensa­miento. ¿Es posible desprenderse del intrincado com­plejo de intereses personales? En realidad, el deseo de servir a Dios con pureza, desinteresadamente, "por El mismo", por una parte, y la comprensión de nues­tra incapacidad para desprendernos de los intereses creados representan la trágica tensión en la vida de la piedad.(3) En este sentido, no sólo nuestras ma­las obras sino inclusive las buenas desencadenan un problema.

¿Cuál es nuestra situación al tratar de poner en práctica la voluntad de Dios? Además de estar inse­guros acerca de si nuestra motivación -previa a la obra- es pura, continuamente nos afectan durante la obra "pensamientos ajenos", que tiñen nuestra con­ciencia de intenciones egoístas. E inclusive después de la obra hay el peligro de la autosuficiencia, la va­nidad y el sentimiento de superioridad, derivados de obras que se suponen de dedicación a Dios.

Es más fácil disciplinar el cuerpo que gobernar el alma. El hombre piadoso sabe que su vida interior ésta llena de defectos. El ego, las inclinaciones im­pías, están tratando de seducirlo constantemente. Las tentaciones son feroces y, sin embargo, su resisten­cia no se rinde. Por eso demuestra su fortaleza es­piritual y se muestra victorioso e inconquistable. ¿No parece gloriosa esta situación? Pero entonces la mala inclinación emplea un recurso más sutil, el de las felicitaciones: ¡Cuán piadoso eres! El hombre em­pieza a sentirse orgulloso de sí mismo. Y cae en la trampa (Rabino Raphel de Bersht).

"Ni las buenas acciones que realizamos son satis­factorias sino repugnantes. Porque las realizamos por el deseo de crecemos y por orgullo y para im­presionar a nuestros prójimos."(4)

La mente nunca es inmune a intenciones extra­ñas y no parece haber forma de erradicarlas nunca por completo. Un rabino hassidim, interrogado por sus discípulos en las últimas horas de su vida, acer­ca de a quién deberían escoger por maestro cuando él faltara, les dijo: "Si alguien os enseña la manera de erradicar 'pensamientos extraños' sabréis que no es vuestro maestro."

La voluntad humana no puede evadir la maraña del ego ni la mente puede desprenderse de la confusión y desviación en las que está atrapada. Parece a veces como si la busca de Dios por el hombre justo fuera a terminar en un callejón sin salida.(5)

¿Debemos desesperar, pues, al no poder alcanzar la pureza perfecta? Así sería si la perfección fuera nuestra meta. Pero no estamos obligados a ser per­fectos de una vez por todas, sino sólo a levantarnos una y otra vez. La perfección es divina y hacerla meta del hombre es querer que el hombre sea di­vino. Lo más que podemos hacer es limpiar nues­tros corazones mediante la contrición. La contri­ción empieza con un sentimiento de vergüenza, ante nuestra incapacidad para desprendernos de nosotros mismos. Sentir contrición ante nuestros fracasos es más santo que complacernos en nuestra per­fección.


Continuará....



(1)Editado por S. Radhakrishnan y P. T. Raju.

(2)75 Sanhedrín, 106b.

(3) 76 La esencia de la idolatría es considerar algo como una cosa en sí, separada de la santidad de Dios. En otras palabras, adorar a un ídolo no significa negar a Dios; significa no negarse a uno mismo. Por eso el or­gullo es idolatría. Tanya, 28b.

(4)78 Rabino David Kimhi, Commentary to Isaiah, ad iocum. Igualmente, S. D. Luzatto, en su comentario. Cf. N. J. Berlin, Commentary ot Sheeltoth, sec. 64, p. 420. Según Sheeltoth, el significado del versículo es que nues­tras acciones son como una tela hecha de remiendos, no bien tejida.

(5)82 Los profetas conocieron momentos de desespera­ción. Elías, huyendo de Jezabel, huyó al desierto, se sentó bajo un arbusto y dijo: "¡Baste ya, oh Jehová, quita mi alma; que no soy yo mejor que mis padres!" (I Reyes XIX, 4). Jeremías exclama: "Maldito el día en que nací" (XX, 14). Cf. teambién Salmos XII. 39, 88; lob IX, 21; X, 20 s.; XIV, 6 s.; Eclesiastés IV, 2.

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